jueves, noviembre 02, 2006

NO SÉ NI LO QUE HICE EL ÚLTIMO VERANO

Como hace tiempo que no escribo, querida seño, quizás estas líneas chirríen un poco al modo de los goznes de las puertas en las películas de terror, que anuncian un inminente hachazo en el cráneo sin mancha de algún desaprensivo visitador de desvanes y de sótanos, a los que –me cuesta entender la razón– no suele llegar la luz eléctrica. Aunque espero que la sangre aquí no pase el primer punto y aparte. Soy, por naturaleza, contenido; de los continentes ya se ha escrito mucho, y no hay forma de ser original. Y ese es mi temor: que en lugar de efectuar una operación estética logre sólo una carnicería siniestra y sin anestesia, pese a mi pujante (es un decir) intención de estilo.
En rigor, reconozco que lo mío es andarme por las ramas, como esos perezosos que se pasan la vida colgados bocarriba en los árboles de las selvas suramericanas. Pues eso soy yo.
Seño, mi verano ha sido como todos: tengo poco que aportar a una estación que se repite todos los años por las mismas fechas, sin efecto sorpresa. Ya todo está dicho. Ha hecho calor, y el calor suele ser el causante de que mis propósitos se tornen despropósitos o, por decirlo a la manera freudiana, el origen de que mis neurosis narrativas (seguramente tan provechosas en escribidores de más aliento que yo) terminen hechas, las pobres, unas zorras, y se me larguen al llano a raposear en el gallinero de la poesía.
Casi prefiero contarte una película, aunque no sé si lo que estoy haciendo ahora es precisamente eso: escurrir el bulto y no dar ni un palo al agua.
Seño, de verdad que no tengo nada nuevo que contarte, como dijo nuestro gran poeta Perales. ¿Te gusta Perales, seño? Recuerdo que cuando yo era paseante de apuntes en la Ciudad de las Letras y las Ciencias, había una pintada sobre la pared de una de aquellas casas solariegas, que decía: Fuck you Perales. “Perales, que te den por culo”. No sé si se refería exactamente al cantante; ¿tú qué piensas? Menuda redacción te estoy largando.
Aunque, en realidad, querida seño, sí quiero contarte lo que he hecho este verano, pero me da un poco de vergüenza. No sé si podré. Creo que tendré que enmascararlo como lo hacen en las películas americanas, cuando un personaje intenta aleccionar a otro, o darle un consejo que le servirá (eso cree él) para toda la vida. Suelen ser películas más bien sentimentales, más bien lacrimógenas, más bien americanas en el sentido más estricto y vacío de americanas... Es decir, tenemos a un personaje (llamémosle Stephen) algo alicaído, con un enorme problema americano, y le llega por detrás otro personaje (llamémosle George) bajo la apariencia –se me antoja– de un deus ex machina para contarle una breve historia que le centrará su vida (la vida de Stephen), y George empieza diciendo: “Yo tenía una amigo que una vez...”; o: “Cuando yo solía vivir en Oklahoma conocí a un tipo...” Seño, tú y yo sabemos que ese amigo o ese tipo que solía vivir en Oklahoma, en realidad, son una transposición de la persona que tiene el problema; y es que los americanos no tienen imaginación para las metáforas ni aun para los símiles, y yo creo que eso debe de ser una cuestión de latitud, como los hiperbóreos. Vete a saber. Usan siempre los mismos trucos; lo tienen todo manido. Pues bien, algo así deberé hacer yo, empezar una historia afirmando: “Conozco a un tipo que un verano se largó de casa sin dejar ni rastro...”
Y creo que con esto del rastro se impone un cambio de rumbo, una desaparición. Pero no temas, querida seño, no plagiaré a Vila Matas ni a su Doctor Pasavento, ni a cualquiera de esas novelas metaliterarias suyas que empiezan a serme ya infumables; ni siquiera a Paul Auster en La noche del oráculo, porque para eso debería haber vivido al menos un par de meses en la Gran Manzana, o en algún punto indeterminado de la Costa Este (qué bien suena, seño, eso de la Costa Este; uno lo dice o lo escribe y parece que se transforma, de repente, en un hombre de mundo: cosmopolita o marino o aviador o correcaminos o delincuente, o incluso poeta universal, como Walt Whitman...). No. Cuando hablo de desaparecer me refiero a desaparecer, sin ir más lejos. Me refiero a algo tan anodino como permanecer en un desván o en un sótano oculto a las miradas del prójimo y mirar el mundo por un agujero, como un dios triste y desvalido. Estimulante paradoja, seño: ¿puede un dios estar triste y desvalido? Quién sabe.
Cuando me escapé de casa lo último que hubiera vislumbrado en mi vida es que terminaría fatigándome con un ejercicio de redacción para un taller literario. La literatura –me refiero a escribir– fue siempre para mí un asunto de servidumbres. En todo momento me han desconcertado los escritores que afirman que para ellos el ejercicio de la escritura es un suplicio. Si sufren al escribir, ¿por qué escriben? ¿Qué fuerzas extrañas dirigen su voluntad hasta el punto de poner en marcha algo que verdaderamente les disgusta, porque les hace sufrir? Si dijera que están tarados, seño, pecaría de benevolente. Luego suelen añadir lo de siempre: que escribir es una necesidad, algo sin lo que en verdad no merecería la pena ni vivir. En fin: sufren porque escriben, y terminan sufriendo si no escriben. La vuelta de tuerca del absurdo y la gilipollez. Y por si te parece poco, una vez le oí decir a uno de esos sabelotodos envilecidos por la papirofagia: “en contra de la literatura, nació la novela”. Y a otro (aunque más humilde, y poeta, no menos pesimista): “la poesía no es literatura...” Entonces, aquí se impone una deducción solemne: si contra A surge B y C no está incluida en A, A parece quedarse sola, en mitad de una caverna llena de sombras danzantes, con lo que, cuando leemos, ¿qué coño leemos, seño? Todo esto provoca una crascitación de mi páncreas. Como ves, el asunto de la literatura, los escritores y la creación no es, pese a esas inescrutables intersecciones matemáticas, una ciencia exacta, y aquí cada uno hace de su capa un sayo, mientras que los demás quedamos en taparrabos. Y eso habiendo dejado incruentos en su inalcanzable limbo parnasiano, girando sempiternamente sobre su ombligo, al cónclave nacional de los poetas, especímenes que suelen propagarse como un reguero de pólvora, y a quienes se las tengo jurada.
Me quedo sin aliento. Ha empezado a declinar la tarde, como un latín añejo al que le faltara el ablativo. Hoy ha estado todo el día lloviendo; una lluvia desguazada y sin pausa. He subido al desván a media mañana y me he entretenido en ordenar un poco mis papeles y las demás herramientas sacrificiales. Escribir es un acto sangrante y desagradecido. Bajo la ventana que da a poniente coloqué hace cuatro meses –cuando decidí abandonar el mundo– mi escritorio y una pila de hojas en blanco, un abrecartas y un lápiz recién afilado siempre, no sea que mi letra termine como en los manuscritos de Kennedy Toole o de Robert Walser. Junto al escritorio, borrado por la penumbra, está el secuestrado. Lo aceché una tarde de julio en los aparcamientos de Carrefour, en plena siesta. Yo llevaba varias semanas siguiendo sus costumbres, sobre todo de noche, cuando se sentaba a terminar la novela que lo llevaría no mucho después a la fama, que ya no gozará. Me costó un poco convencerle de que aquello no era un secuestro, sino un acto litúrgico, sagrado: quería purificar de mentirosos y de chulos el gremio de letraheridos. No voy a entrar en detalles dialécticos y sólo añadiré que di fin a la discusión golpeándolo de forma concluyente en la región más sensible. Ahora lo tengo aquí. Durante todo este verano, seño –la hora del desvelo es llegada–, he estado sonsacándole información sobre esos vaporosos modos que los narradores explotan para adentrarse en la niebla de la escritura. Eso es lo que he hecho, día tras día, desde hace cuatro meses. Cuando se me resiste le clavo un poco el lápiz en la cara interna del muslo, apenas unos milímetros. Otras veces –si no quiere colaborar– le extiendo las palmas de las manos y le hundo el abrecartas entre la línea de la vida y la del corazón. Lógicamente, en tales trances me mira con ojos desafiantes y al mismo tiempo llenos de espanto. Grita. Maldice. Blasfema. Parece un tipo vulnerable, movido por lo mismo que todos. Pero no me da lástima. Yo le digo que esa es su penitencia, su aleccionador y verdadero aprendizaje del dolor.

2 comentarios:

egdp dijo...

Sigue siendo igual de bueno ahora que en papel.

egdp dijo...

Es igual de bueno aquí que en papel.